El Albariño

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El Albariño es, junto con el Ribeiro, el otro gran vino que producen las tierras gallegas. Mayoritariamente blanco, afrutado, algo ácido y penetrante nace bañado por el Miño y el Atlántico y lleva impreso en él toda riqueza y tradición de Galicia.

Nacido en las “Rías Baixas”, el Albariño es uno y a la vez los cientos de vinos producidos en cuatro comarcas de Pontevedra; Sotomayor y el Valle del Salnés, en la Ría de Arosa y O Condado y O Rosal, en el Bajo Miño.

La familia de los Albariños es extensa y comprende, además del monovarietal de uva albariño, cuatro tipos más característicos de cada comarca en la que se elaboran. Al igual que en los vinos de Ribeiro, podemos encontrar Albariños tintos y blancos para los que se emplean uvas loureira, brancellao, caíño, espadeiro, mencía, sousón y, por supuesto, albariño, cultivada mayoritariamente.

Origen

El origen incierto del nacimiento de este vino y de cómo la uva albariño llegó hasta tierras gallegas apunta múltiples hipótesis. La más extendida señala a que la cepa formó parte del bagaje inmigrante de los monjes de la Orden de Cluny, que recalaron en los parajes del Valle del Salnés en el siglo XII. Una vez instalados en el monasterio de Armenteira, situado en el monte Castrove, de San Estebo de Ribas, los monjes pudieron haber extendido el cultivo por toda la región.

Otra de las leyendas entorno a su origen se remonta todavía un poco más atrás, al siglo XI. Entonces la Reina Doña Urraca de Castilla, asidua visitante de las aguas termales de Caldas de Reis, se instaló temporalmente en la comarca con su marido Raimundo de Borgoña quien trajo la cepa de Burdeos para reproducir sus cultivos en Galicia.

Por último hay quien señala a los emperadores romanos como impulsores de la vinicultura y quien apunta que fue el Camino de Santiago, que conecta el corazón de Europa con Finisterre, el que permitió la llegada a Galicia de las variedades del Rin y del Mosela.

Sea o no esta ruta impulsora del cultivo del Albariño, lo que sí fue con certeza durante varios siglos es distribuidora de los vinos que partían desde Santiago de Compostela para acceder a los mercados extranjeros.

Decaimiento

A pesar de la prosperidad alcanzada a comienzos de la Edad Media, las rivalidades con los comerciantes Ingleses acabaron por arruinar casi al completo esta incipiente industria. El gobernador galaico Don García prohibió la venta del vino a los “perversos” ingleses, sin reparar en las consecuencias que se derivarían de tal acción.

En poco tiempo el vino gallego fue sustituido en los mercados ingleses y progresivamente en el resto de Europa, por el vino portugués, cuyo coste era considerablemente más bajo. En Galicia, la ruina hizo acto de presencia y comenzó la decadencia de la vinicultura gallega que empezó a producir caldos de muy mala calidad y dudosa procedencia. La industria no hizo sino empeorar al tener que combatir a las sucesivas plagas que azotaron los cultivos durante la segunda mitad del siglo XIX.

Recuperación

La producción de Albariño, todavía tradicional y minoritaría dentro del panorama nacional, se ha ido recuperando lenta y pausadamente. El impulso definitivo llega a finales de los años setenta de la mano de bodegueros de Rioja y Penedès que comenzaron a mostrar interés por revivir el antiguo esplendor de los vinos del Miño gallego. Las inversiones y mejoras tecnológicas, como el control electrónico de la temperatura durante la fermentación maloláctica, hicieron que en 1988 naciera en Consejo Regulador de la D.O, dispuesto a velar por el buen nivel de calidad que habían alcanzado los vino.

Actualmente la D.O. Rías Baixas tiene inscritas 4.674 bodegas que se reparten 768 hectáreas de cultivo. El vino se comercializa con regularidad en los mercados de Alemania, Bélgica, Holanda, Reino Unido y Suiza y su desarrollo ha convertido a este sector en el segundo en importancia en Pontevedra, después de la pesca.

Su frágil equilibrio solía obligar a beber el Albariño sin demoras, durante su primer año. Hoy en día, el plazo se ha extendido hasta tres y cinco años gracias a que la nobleza del vino ha aumentado sensiblemente. También el aporte del roble francés ha hecho sus efectos, pero sin que se note masificación alguna de sabor, y tampoco parece posible que esto suceda en el futuro, dada la diversidad de técnicas que en los viñedos gallegos concursan para cada bodega y donde hay tradiciones de pétrea solidez que no admiten modificación alguna.

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